Daha Bulahi (Asavim): “Los saharauis hemos perdido la esperanza en la ONU”

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Daha Bulahi y Marta Aoiz, en el acto central de ‘Visiones Saharauis, asómate al muro’ del pasado febrero, en Barcelona / @lluisrodricap

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Fuente y fotos: El Sahara Occidental / Por @lluisrodricap

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Con motivo de los 41 años de exilio transcurridos desde la invasión del Sahara Occidental, ha estado expuesta, este mes de febrero pasado, “Visiones Saharauis, asómate al muro”, una muestra de una sesentena de artistas de diferentes disciplinas cuyas obras se pusieron a la venta con el fin de financiar un proyecto de ASAVIM, la Asociación Saharaui de Víctimas de Minas. Es por esta razón que Daha Bulahi, uno de los responsables de esta asociación, se ha desplazado directamente desde los campamentos de refugiados de Tinduf hasta Barcelona.

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Aprovechando su paso por la ciudad condal, donde ha pasado prácticamente todo el mes de febrero, ha ofrecido una serie de charlas y entrevistas con las que hemos tenido la oportunidad de conocer no sólo las principales demandas de las víctimas de minas, sino también a este hombre dedicado enteramente a mejorar sus condiciones de vida.

De carácter afable y habla pausada, Daha Bulahi despierta serenidad en cada palabra que pronuncia. Su rostro refleja el paso de los años en el desierto. Pero también conserva una marca como testimonio de aquella maldita mina antipersona que, hace ya tiempo, le explotó en la cara ocasionándole graves heridas en la mano derecha y en su ojo izquierdo.

Corrían los primeros años tras el alto el fuego. Los saharauis habían depositado en las Naciones Unidas sus esperanzas por un Sahara libre. El pueblo saharaui confiaba entonces en las promesas de la ONU, aún hoy incumplidas, sobre la celebración de un referéndum de autodeterminación en el Sahara Occidental.

El armisticio de 1991 puso fin a una guerra que había comenzado 16 años antes, en 1975, cuando Marruecos y Mauritania invadieron el territorio saharaui con la complicidad de España y otras potencias coloniales. Y fruto de esta guerra en el Sahara, se alza, hoy aún, un muro que divide de norte a sur el territorio saharaui. A un lado de él, Marruecos impone la barbarie en lo que es el Sahara ocupado. Al otro lado de esta enorme barrera, se encuentran los Territorios Liberados controlados por el Frente Polisario.

El que se conoce como el Muro de la Vergüenza fue construido por Marruecos para frenar los embates del Polisario en los años de la guerra. Pero Hassan II no escatimó en recursos para su defensa y sembró sus alrededores con millones de minas antipersona.

Precisamente estos artefactos y otros restos de guerra enterrados en la arena del desierto empezaron a cobrarse cada vez más víctimas entre la población civil una vez firmado el alto el fuego, ya que, para las minas, si no se desactivan o no se procede a su detonación, su guerra continúa.

Es por eso que un grupo de jóvenes militares saharauis con algunos conocimientos sobre las minas antipersona y el desminado decidieron empezar a “limpiar” la zona de Tifariti. Sabían que era una tarea ardua y, sobretodo, extremadamente peligrosa. Pero estaban convencidos de que, después de años en el frente, ésta era una buena forma de seguir contribuyendo en la liberación de su tierra.

Entre estos jóvenes, se encontraba Daha Bulahi.

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Daha Bulahi, el pasado febrero, en Barcelona / @lluisrodricap

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Daha llegó a los campamentos de Tinduf, como tantos saharauis, a finales de 1975 huyendo de la invasión marroquí, que había entrado en su ciudad, El Aaiún, a sangre y fuego. “Yo tenía unos 15 años en aquel entonces”, recuerda Daha.

– Huimos hacia la frontera de Argelia y ahí los argelinos nos recibieron. Montamos los campamentos de refugiados y allí nos establecimos. Y nada más llegar a los campamentos, me alisté directamente en el ejército saharaui, que, en aquel entonces, ya se enfrentaba a las Fuerzas Armadas de Marruecos. Pero yo ya militaba clandestinamente en el Polisario en la época de la colonia española, antes de la invasión, como muchos de los que éramos estudiantes en aquel entonces – apunta orgulloso.

Pero pasaron los años de la guerra y llegó el Proceso de Paz y, con él, el alto el fuego. Y mientras en los despachos de las instancias internacionales se discutían las condiciones del acuerdo y su cumplimiento, Daha y sus compañeros voluntarios optaron por iniciar tareas de detección y desactivación o destrucción de minas antipersona cerca del muro.

– El conocimiento que yo tenía entonces sobre minas y el desminado era un conocimiento muy básico, no muy especializado. Sí que había hecho una instrucción en Yugoslavia, concretamente en Sarajevo, entre 1982 y 1983 y con la que me especialicé en minas y explosivos. Pero, en general, ya en el Sahara otra vez, no procedíamos con las medidas de seguridad ni el material adecuado con los que cuenta actualmente el desminado humanitario.

Y tras veintitantos días de arriesgado trabajo en la zona de Tifariti, Daha se convirtió, él mismo, en una víctima de mina.

Fue en el año 1994. Uno de aquellos endiablados artefactos escondidos bajo la arena casi se lleva por delante la vida de Daha, la única víctima de aquel grupo de 18 jóvenes inexpertos que ambicionaban limpiar de minas aquel pedazo de desierto.

Con el accidente, Daha perdió los dedos de la mano derecha y su ojo izquierdo.

Desde entonces, miles de personas de todas las edades han continuado siendo víctimas de las minas antipersona que siembran los alrededores del muro. Y en el caso de los exiliados de Tinduf, estos artefactos explosivos y otros restos de guerra condenan a muchos de los afectados que sobreviven y a sus familias a vivir en la extrema pobreza dentro de la situación de necesidad generalizada que ya implica vivir en un campo de refugiados en pleno desierto del Sahara.

Desde su accidente, Daha se dispuso a seguir contribuyendo a minimizar los daños causados por las minas y, si primero fue con el desminado, su labor se centró después en la atención a las víctimas y a sus familias.

En un primer momento, empezó a colaborar en el cuidado de pacientes en el Centro Mártir Cherif, que, hasta la creación, hace tan sólo unos meses, del Centro Solidaridad, era el único centro asistencial para las víctimas de minas, bombas de racimo y otros artefactos explosivos. Y ya en 2005, se fundó ASAVIM, la Asociación Saharaui de Víctimas de Minas.

– ASAVIM es una organización no gubernamental que se ha creado en los campamentos de refugiados con el objetivo esencial de minimizar los traumas sufridos por las víctimas de minas, bombas de racimo y otros restos de guerra – explica Daha –, y nuestra área geográfica de acción son tanto los campamentos de refugiados como los Territorios Liberados del Sahara Occidental.

La asociación trabaja por la integración social de la víctima y de su familia desde el momento del accidente explosivo, cumpliendo con un rol fundamental como organización y enlace entre las víctimas y sus familiares, por una parte, y la comunidad nacional e internacional, por otra.

Con el fin de reintegrar a estas víctimas en la sociedad y para que recuperen su autoestima, se necesitan programas para reorientar psíquica y socialmente a estas personas. En ello está trabajando ASAVIM desde su creación, aunque la falta de financiación en los campamentos de refugiados de Tinduf hace que la dependencia de la ayuda humanitaria del exterior sea cada vez mayor. 

– Actualmente trabajamos con dos líneas de actuación. Por un lado, censamos a las víctimas y tratamos de conocer sus principales preocupaciones. Por el otro, les ofrecemos asistencia, que se basa en las necesidades primordiales para los discapacitados y que consiste tanto en conseguirles material para la movilidad, como sillas de ruedas, muletas y bastones, como productos básicos de higiene, como pañales, jabón, vendas, algodón y desinfectantes, entre otros.

Pero ASAVIM ha impulsado, junto a Marta Aoiz, un proyecto ilusionante para las familias de víctimas más necesitadas de los campamentos de refugiados. Se trata de un proyecto de cooperativas de cría de ovejas donde, a las familias beneficiarias, se les hace entrega de unas ovejas con las cuales pueden emprender su propio negocio.

La finalidad de cada una de las cooperativas no es sólo ofrecer a estas familias la posibilidad de salir de la situación de pobreza absoluta en la que se encuentran, sino que se pretende también la creación de nuevas cooperativas familiares con la cesión de ovejas que, en los primeros dos años, va “devolviendo” cada familia beneficiaria. En ese sentido, se va incrementando el número de cooperativas dentro de un modelo sostenible.

Las NNUU, a través del Servicio de las Naciones Unidas de Actividades relativas a las Minas (UNMAS, en sus siglas en inglés), han mostrado su interés en financiar algunas cooperativas más y ya se están materializando los primeros pasos al respecto. Para más información sobre el proyecto de cooperativas de ovejas para las víctimas de minas, clickad aquí.

Marta Aoiz es una pieza clave en el planteamiento y ejecución de este proyecto. Y a pesar de la distancia, es fundamental la buena y constante conexión entre Marta, que vive en Barcelona, y Daha.

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Daha Bulahi, el pasado febrero, en Barcelona / facilitada por Marta Aoiz

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En el poco tiempo que hace que conozco a Daha, Marta no es la única persona que me ha hablado de la entrega de este saharaui por su trabajo. Y sin trabajo de por medio, son buenos también los ratos con este hombre que es, ante todo, una excelente persona.

En estas semanas, ha sido interesante escucharle hablar sobre la situación actual del conflicto y del cómo pueden afectar los principales acontecimientos que se han ido sucediendo este último año en el Sahara Occidental. Sobre la muerte del Presidente Abdelaziz, por ejemplo, confiesa que significó un duro golpe para él, así como para todo el pueblo saharaui en general. Pero, de la misma manera, ve, en Brahim Gali, un excelente relevo para comandar la nave hacia la libertad. De hecho, se muestra un entusiasta del actual presidente de la República Árabe Saharaui Democrática.

Más escéptico es, en cambio, ante la reciente entrada de Marruecos en la Unión Africana (UA). Para él, poco o nada va a cambiar en cuanto al conflicto se refiere.

– A mi juicio, no cambia nada. Marruecos ha decidido entrar en la UA para tratar de influir en la cuestión del Sahara desde dentro mismo de la organización, pero no va a cambiar nada. Y mientras tanto, no va a haber nadie que imponga una solución: ni la Unión Africana, ni las Naciones Unidas, ni nadie.  

Pero el escepticismo se vuelve pesimismo ante la posibilidad de una solución pacífica y pactada en el marco de las Naciones Unidas. “Las grandes organizaciones, hasta el momento, no están haciendo nada para terminar con este conflicto”, denuncia.

– La verdad es que todos nosotros, los saharauis, estamos muy desesperados. Ya no tenemos ninguna fe en las Naciones Unidas. Creo que la solución es volver otra vez a las armas… porque ya son muchos años de espera. Y además, no se sabe a qué estamos esperando.

El Acuerdo de Paz auspiciado por las NNUU y firmado en 1991 contemplaba la celebración de un referéndum de autodeterminación en el plazo de 6 meses. Para ello, se creo la Misión de Naciones Unidas para un Referéndum en el Sahara Occidental (MINURSO), pero han pasado más de 25 años y los saharauis siguen esperando la celebración de ese referéndum.

– Ya son muchos años. Sabemos que hay obstáculos, y así lo reconocemos. Pero nosotros no vemos ningún movimiento en ese sentido por parte de la ONU. Y mientras tanto, a los saharauis se les sigue torturando en el Sahara ocupado ante los ojos de la MINURSO. Es por todo esto que hemos perdido la esperanza en las NNUU. No están haciendo nada, y son ya veintitantos años de espera. Es mucho, ¿no?

Es difícil rebatirle los argumentos de una guerra.

Cuando la guerra, estábamos convencidos de alcanzar nuestra libertad porque sabíamos que nuestro enemigo ya no podía con nosotros. Lo veíamos claramente. Pero es ahí cuando vinieron las NNUU con un proyecto que a nosotros no nos ha servido de nada.

– ¿Fue un error dejar las armas?

– Claro, sí. Eso es lo que decimos nosotros. Todo ha sido un engaño. Nos sentimos engañados por las Naciones Unidas.

Parece contradictorio hablar en estos términos con una persona que desprende todo afecto y humanidad. Pero así es Daha: un buen hombre que forma parte de la historia de una guerra de resistencia y de un largo exilio silenciado pero que, en su día a día, se desvive por explicar, incluso más allá del Sahara, la problemática de las víctimas de minas y mejorar sus condiciones de vida con las limitaciones que supone hacerlo en un campo de refugiados.

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