El tambor de Joseifa

JOSEIFA

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Fuente y foto: Y… ¿Dónde queda el Sáhara? / Por Mohamidi Faka-la, periodista y poeta, desde su exilio en los campamentos de refugiados saharauis

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Al parecer Joseifa se sentía bien llamada entre el querer de un sentir autóctono de mucho folklor en el que no faltarían los componentes necesarios que acompañaban su linda voz, como el retumbar de un tambor y las cuerdas de una guitarra española que vibraba al son del tímido coro de Maaria, la amiga inseparable de la popular cantante.

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Dos mujeres que compartieron luz y sombra a lo largo de toda una vida para dar al verso la prolongación del encanto que alegraba merecidamente los  corazones de los hombres y mujeres del Sahara. En contraposición de la amistad y el perfil de cada cual en su mundo artístico, Joseifa se había alzado a solas desde el primer momento en una identificable línea propia y sincera, colmada con coloridos ritmos africanos en una inflexión de encuentro de  identidad cultural. En esa formidable dirección continuó invicta cosechando mayores éxitos que dedicaba exclusivamente a sus fieles admiradores.

Simplemente se trataba de una mujer comprometida con la sencillez del arte, tanto en sus habituales presentaciones en público o en bautizos y bodas, con esa particularidad tanto actuando solista como actuando en grupos para relanzar su música creativa de valor social y artístico con el que satisfacer a  sus fieles admiradores.

Joseifa apenas siendo una niña fue mimada por la música del entorno familiar, y más tarde por la fidelidad del sentir común de su ciudad. Una ciudad de  muros de cal, de arena y de mucha luz, a la que se  sumaba el agua potable de las tres históricas fuentes de la villa. De hecho Joseifa era discípula del arte de sus padres, pero también del orgullo de sus conciudadanos y de un  mestizaje cultural de total entendimiento y de prolongada dimensión. En ese contexto, el baile de la “tuiza”, que tan bien protagonizaba Joseifa era un claro mensaje, con un afán de  solidaridad y de convivencia de todos los habitantes de las tierras del Sahara.

El baile en el que el cuerpo se mudaba en la inquietud a causa de los movimientos y los sonidos musicales plagados de tantos ritos, que no dejaban descansar los pies, que se trasladaban de un lugar hacia otro en la improvisada tarima, al tiempo que flotaban en el aire los dedos de la bailarina incansable. Otro baile era el de la avestruz enloquecida por los cazadores furtivos. El plumaje del avestruz, entre lo blanco y lo negro,  guarda una indudable relación con el  tinte añil de la melhfa de la mujer y el lizar, el faldón blanco. Este baile surge del espíritu mitológico de la cultura africana, de donde recibe su auténtica huella espiritual, material y humana. Toda la sensación de fábula que rodea este baile se ve incentivado por la destreza de los bailarines, a lo que se suma la excelencia de los bellos ornamentos, en una exhibición de detalles que iban desde la ajorca en los tobillos, el resplandor de las pulseras, el brillo fantástico de los collares y colgantes a la altura del pecho, más los habituales amuletos, en los que no faltaban unos versículos firmados por un santón, que prefería siempre guardar con discreción el secreto de su mediación. También podrían tratarse de un conjuro relacionado con lujuria o deseo, la trama de un comienzo amoroso de un hombre o de una mujer.

Toda esa amalgama, tejida con precaución, de cantos, bailes y ajuares tradicionales cerraban de hecho una modalidad particular de los típicos habitantes del desierto. Aquella confluencia de ritos, costumbres y tradiciones se veían reflejados en los cantos y bailes de la señora Joseifa. Se mostraba orgullosa y serena en las actuaciones en exclusiva con el tambor entre sus manos, evocando alabanzas a profetas y santos, en la cita nocturna de todos los viernes, ofreciendo su repertorio a cielo abierto para todos.

Es el misterio de una mínima parte de una estela de pasado, de arena y de heterogeneidad de los hombres azules que aún arrastraban las huellas de las caravanas cargadas de sal, de azúcar o de alquitrán en busca de las sombras de un oasis.

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