la niña saharaui Leila volverá a su tierra. El pueblo saharaui merece un estado libre y democrático donde soñar con el futuro que merece.


La diputada Verónica Ordóñez junto a Leila y otras dos niñas en un campamento saharahui.
La diputada Verónica Ordóñez junto a Leila (a la izquierda) y otras dos niñas en un campamento saharahui.

El pueblo saharaui merece un estado libre y democrático donde soñar con el futuro que merece: un futuro con derechos, un futuro con recursos. Un futuro digno de ser vivido.

Leila no conoce su tierra. No conoce la tierra de sus padres. Tampoco la de sus abuelos. A sus 9 años solo conoce la inhóspita hamada argelina donde nació. Conoce su casa de barro y techo de chapa. Conoce el depósito de agua de su familia y sabe que a veces se acaba demasiado pronto. Conoce el calor inhumano y el siroco. Y las lluvias torrenciales que destrozan su casa y las de sus vecinos. Sabe lo que es tener que racionar la comida porque la cesta cada día es más pequeña. Leila nació refugiada. También sus padres. Su historia es la de su pueblo, el saharaui, que abandonado por España y ocupado por Marruecos, se ha visto abocado a una vida de resistencia.

Resistencia que ya ejercían contra el colono español. Desde principios de los años 70, el pueblo saharaui comenzó a levantarse frente a la ocupación española, hasta conseguir en  1974 el compromiso por parte de la dictadura de desarrollar un referéndum de autodeterminación. Pero poco después de la promesa, llegó la traición. El 14 de noviembre del 75 el emérito firmaba los acuerdos tripartitos con Marruecos y Mauritania, que jamás se publicaron en el Boletín Oficial del Estado. Acuerdos que consistían en la retirada de España del Sáhara Occidental y su reparto entre los dos estados africanos, entregando la tierra de los saharauis a dos nuevos poderes coloniales. España salió del Sáhara Occidental el 26 de febrero de 1976 y de manera inmediata Marruecos y Mauritania lanzaron sus ejércitos a la conquista del Sáhara Occidental, apoyados militarmente por Francia y Estados Unidos.

Comenzó así una guerra que duraría 16 años, hasta la firma del alto al fuego del año 91 bajo el compromiso de la convocatoria de un referéndum que permitiera al pueblo saharaui decidir sobre su futuro como estado libre. Referéndum que a día de hoy no se ha realizado abocando al pueblo saharaui a elegir entre una vida precaria en el refugio de los campamentos de Tinduf o la vida violentada y sin derechos en los territorios ocupados. Ambas vidas separadas por el muro de la vergüenza marroquí, que divide el Sáhara de norte a sur, protegido por miles y miles de minas antipersona.

41 años de exilio. 41 años de dolor y sufrimiento a ambos lados del muro. 41 años de mirada impávida de los distintos gobiernos de España hacia aquellos y aquellas que durante un tiempo fueron españoles y españolas de la provincia 51. 41 años siendo cómplices del expolio de sus recursos naturales.

Y es que ahí está la clave. En los recursos naturales. En el fosfato, el petróleo y la pesca. Hete aquí los verdaderos motivos de la ocupación, primero de España y después de Marruecos. La pesca y el fosfato fueron durante la ocupación española y siguen siendo durante la ocupación marroquí las dos principales fuentes de rentas para ambas potencias administradoras.

El pasado 21 de diciembre el Tribunal de Justicia Europeo resolvió que el Sáhara Occidental no pertenece a Marruecos, por lo que la Unión Europea no puede tener acuerdos comerciales con Marruecos que impliquen los recursos naturales saharauis, al menos que el propio pueblo saharaui muestre su consentimiento. Esta sentencia abre la puerta al fin de la ocupación marroquí si la colonización no sale económicamente rentable. De aquí que sea fundamental que la sociedad civil y los partidos políticos presionemos a la Unión Europea y a los países miembros a cumplir con la legalidad y acatar la sentencia.

Y mientras tanto, seguiremos trabajando para que Leila vuelva a la tierra de sus antepasados. A su tierra. A un Sáhara Occidental libre y democrático donde pueda soñar con el futuro que merece: un futuro con derechos, un futuro con recursos. Un futuro digno de ser vivido.

Sáhara horra!

 

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