Embarcalina Salem y Covadonga García: Hermanadas en el sufrimiento, como refugiadas en la Guerra Civil española y en el Sahara occidental.

Embarcalina Salem, a la izquierda, y Covadonga García, ayer en la Factoría Cultural.
Embarcalina Salem, a la izquierda, y Covadonga García, ayer en la Factoría Cultural. /            PATRICIA BREGÓN
Fuente: http://www.lavozdeaviles.es/M. PICHEL     AVILÉS   30 marzo 2017
  • Covadonga García y Embarcalina Salem comparten su historia como refugiadas en la Guerra Civil españolay en el Sahara

La periferia de lo que se ha venido a denominar occidente nada en conflictos, en guerras, que dejan víctimas a su alrededor. La población civil siempre es la principal afectada. Y entre ella, los niños. Lo vemos en Libia, en Irak, en Afganistán, en Siria. Guerras que han generado cientos de miles de desplazados que buscan un lugar para refugiarse, si no pueden regresar a sus casas, destruidas, ocupadas. Situaciones similares se han producido en el entorno español, y no hace tanto tiempo. La Guerra Civil provocó una avalancha de españoles que tuvieron que huir. Apenas 40 años después, la descolonización del Sahara, y la consiguiente guerra con Marruecos motivó la huida de miles de saharauis de su tierra, hacia el desierto de Argelia.

Sobre su experiencia como refugiadas de ambos conflictos hablaron ayer en la Factoría Cultural Covadonga García, avilesina, una de aquellas ‘niñas de la guerra’ a sus 86 años, y Embarcalina Salem, saharaui de 43. Ambas hermanadas por el sufrimiento y unidas gracias a la iniciativa del Consejo Municipal de Infancia y Adolescencia.

Ellas vivieron en primera persona lo que hoy las televisiones muestran cada día. Caravanas inmensas de familias caminando en busca de un lugar que los acoja, cargando con los pocos bártulos que pueden rescatar, o sin nada. Y soñando con volver a su tierra. Ellas eran niñas cuando lo vivieron en sus carnes.

«Yo tenía seis años. Nos evacuaron a mi madre y a mis hermanos de San Juan en un barco carbonero inglés el 9 de octubre de 1937. Mi padre nos puso un colchón para que durmiéramos en la cubierta, pegados a la chimenea. Llegamos a Barcelona, y de ahí, a las masías de Lucena del Cid, en Castellón». Así comienza Covadonga, con una memoria prodigiosa, cargada de anécdotas, su historia.

Un comienzo que no es muy distinto al de Embarcalina: «Yo tenía dos años, y lo que vivimos me lo contaría después mi madre, y las otras mujeres que sostuvieron la vida en los campamentos hasta que se produjo el alto el fuego en la guerra con Marruecos. Huyeron caminando, por el medio del desierto, hasta llegar a Argelia. Mi madre me llevaba a mí, e iba embarazada de mi hermana». Éxodos en las que ambas consiguieron sobrevivir al hambre, a los bombardeos, a la persecución.

Al campo de concentración

La marcha de Asturias de Covadonga no se terminó en Castellón, ni con la Guerra Civil. Llegó hasta un campo de concentración para refugiados españoles en Francia, con la Guerra Mundial pisándoles los talones. «Nunca se me olvidará, como en la evacuación de Barcelona, llegó un camión, y nos dijeron que podían subirse mujeres y niños. Se produjo una avalancha, y no pudimos sacar a mi hermano. El conductor arrancó, y mi madre se quedó agarrada al camión. Yo me puse a correr detrás…», relata Covadonga, incapaz de contener las lágrimas, 80 años después, encogiendo al corazón a sus interlocutores.

Al final, la historia tuvo final feliz, puesto que la familia se reencontró a continuación. Si feliz es que las siguientes peripecias del viaje incluyan bombardeos al tren en el que viajan, y que al llegar a la estación la madre le diga a su pequeña, que le pregunta por tanta sangre: «Eran vagones con caballos…».

Si en algo confluyen los relatos de Covadonga y Embarcalina, es en la importancia de las madres, de las mujeres. Con los hombres en la guerra, son ellas las que tienen que hacer de pantalla para que sus hijos puedan escaparse un poco de la realidad que les rodea.

Lo decía muy claro Embarcalina: «Estoy muy orgullosa de mi pueblo, de sus mujeres. Ellas levantaron las tiendas en el campamento de refugiados, que después serían casas. Son ejemplo de cooperación, para sacar adelante de forma conjunta a las familias, para educar a los niños, crear escuelas. La cultura es muy importante». Los saharauis no quieren que se olvide su historia, su realidad presente, en medio de la marea actual de refugiados. Tampoco Covadonga, que insistía a los jóvenes presentes: «Leed, instruiros, pensad».

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